Dejando rastros en la web

Al leer un caso de la Revista Harvard Business Review me encuentro con un caso sobre la información que se publica en la web y que no es borrada, en algunos casos da lugar a situaciones muy incomodas.

Para un internauta inexperto, sí, pero para alguien con ciertos conocimientos informáticos borrar las huellas de los navegantes de la red es muy, muy difícil. La ocultación de las páginas que se visitan tiene dos niveles. El primero: dentro del mismo ordenador. Por ejemplo, si alguien comparte la máquina con su pareja y no le interesa que se entere de que visita ciertas webs, o si en el trabajo tiende a mirar vídeos en YouTube en lugar de producir, basta con borrar las cachés en el propio navegador. El proceso es muy sencillo. Se abre el explorer – o el navegador que se utilice-, se selecciona la opción de “historial” y después “borrar historial”. El historial guarda las direcciones que se han utilizado durante los últimos meses. Si no aparece en la barra de herramientas, se llega hasta él mediante la opción de “ver” y “barra del explorador”.

Demasiado fácil, por eso sólo funciona para “tapar los ojos” de aquellos que todavía se pierden en terrenos digitales. Si alguien se lo propone, puede averiguar lo que hace un usuario cuando viaja por internet. Basta con que realice un volcado del disco duro. Allí encontrará muchos de los secretos de ese usuario. También se podrían mirar los proxis de ese ordenador, una especie de programas que interpretan la información que entra y sale del terminal y que adapta la web a sus necesidades. El segundo nivel: fuera del ordenador. Los proveedores de acceso a internet tienen la obligación de guardar el historial de las páginas que visitan los internautas durante seis meses por si un juez requiere la información.
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